Supongo que aún ni he empezado a divagar lo suficiente para
demostrar que escribo esto desde la más extraña y pesada
soñolencia. Quizás si me dejara caer sobre el papel conseguiría que
se vertieran sueños con más sentido que la más sincera realidad.
Quizás solo porque sé que cuando estoy en esta batalla de sueño y
nada a la vez, soy capaz de dejar relucir lo que pienso, solo así,
mientras luchan mi cuerpo y mi cabeza a ver quién gana antes a
abandonarme. El ring podría ser un bosque, un cielo bañado de
constelaciones, el suelo, las paredes, tu cama, la mía; podría
elegir el lugar que quisiera de entre todos los presentes y nunca
sabría decidirme por uno. Y en cierto modo, así se basa parte de mi existencia; en oscilación, en ni siquiera saber donde estoy, en preguntarme cuál es mi sitio, en callar, en reír, en no saber que decir.
Me declaro creadora de una bomba realizada a base de una
combinación crítica; inseguridad, miedo, cobardía, y un trocito de
una parte de mi tan oculta que a veces me olvido de que existe.
Este explosivo no tiene ese tic tac que lo hace predecible, ni cables
para desactivarlo, simplemente estalla; te impregna por dentro, te
hace tiritar de terror cuando notas como se expande calándote cada
uno de los huesos.
Aunque, a veces, puedo saber cuando va a explotar esa bomba, la siento, sé que está apunto de reventar y lo único que me
reconforta es escuchar mi canción preferida, al
máximo volumen, una y otra vez, sin parar; hasta que pierda sentido la propia letra, para no escuchar como
explosiono por dentro, para creerme que podré adelantarme a los
acontecimientos.
Llamadlo evasión si queréis, pero hoy es uno de esos días en
los que tengo más miedo a aborrecer mi canción favorita que
estallar por los aires.
No entiendo esa necesidad que tenéis de querer vivirlo todo tan rápido. Yo quiero saborear cada segundo, cada silencio, cada pausa. Qué se me enreden las palabras en el paladar hasta saber si cada letra que roce un solo instante mi lengua es salada o dulce. Dar pisadas tan lentas que sienta que el asfalto se me pega a la suela de los zapatos. Acabar rodando desde la duna más alta de una playa y notar como cada grano se me incrusta por dentro de la ropa, causándome un cosquilleo tan inmenso que se me erice la piel. Sacarme los sueños a base de sacudidas de cabeza que provoquen cataclismos en mi cama, que estallen en mil pedazos las ventanas y cerrar los ojos tan fuerte como para que me explote el alma, que todo quede en silencio, y que se vayan pintando las paredes de vibraciones al retumbar mi habitación.
Recorrerme las calles tantas veces que pueda aprenderme de memoria los recuerdos que se dejaron abandonados en los bancos de un parque cualquiera, donde, si te detuvieras un momento y buscaras con detenimiento, podrías ver envoltorios de corazones rotos, nuevos, arreglados o abandonados y más aún, si cerraras los ojos podrías sentir, incluso oler, un rastro de ilusiones tan vivas que podrían condenarte al infierno más frío.
Y nadie lo recuerda jamás.
No es el tiempo lo que se os da, sino el instante.
Ideas provenientes del caos, pensamientos explosivos, una
autodestrucción inmediata cuando pienso en mis acciones,
irrevocables pasos que doy a tientas y pensar que es o no lo
correcto, es lo que me lleva por el barranco de la incertidumbre.
Inevitable, como soñar despierta.
Y caigo, reventándome las pesadillas.
Dos caminos se divisan detrás de las cortinas de mi ventana,
empañada por una triste respiración, la cual viene de un cuerpo
vacío, tan vacío que casi podría servir de cueva para que el alma
más libre de la ciudad pudiera recorrer sus paredes; tan vacío, que
ni si quiera se escucha un triste grito que me pueda conmover para
partirme el corazón en dos.
Y me vuelvo a caer.
Hasta los grillos de los parques se quedan en silencio porque
tampoco tienen nada que decirme, saben que ni aunque cantaran todos a
coro, dejándome casi sorda, podría dejar de pensar y evadirme de la
realidad.
Solo queda esperar a que se derrumbe el camino bajo mis pies, y
caer y caer y volver a caer hasta no saber en que parte aterrizar.
Duele dentro, insisto, repito pero no desisto.
A veces tengo que mentir tanto para protegerme, que ya no sé de que material está hecho mi escudo. Y así será, hasta que el escudo se vaya desvaneciendo, dejando por el camino pedazos de incertidumbre disfrazados de una pizca de verdad. Caminando por la calle podría hacer que en cada casa estallaran todos los vasos de cristal, y me contentaría con ver los trozos caer al suelo como si de un día de nieve en pleno diciembre se tratara.
Mientras tanto, me pierdo otra vez entre los ejércitos de personas que vienen y van, más cansada que nunca, esperando el gran impacto, más doloroso que cuando graniza porque sí y el hielo te golpea en la mano, desgarrándote los nudillos.
Y así me quedaré, sin ninguna defensa, con mi escudo hecho añicos, descubierta a la verdad.
Hoy es uno de esos días en los que escribiría hasta dejar de sentir el pulso en la mano, diciendo todo y nada a la vez, en una espiral de términos que al fin y al cabo, nadie entendería jamás; ni a mí, ni a mis palabras