Seguro que alguna vez te quedaste en esa habitación, sola, en un imposible silencio. Aunque no emites sonido alguno, tus gritos retumban en tu respiración; tu cuerpo no sabe como defenderse de mis palabras, de tí, de mí.
No sé de qué forma me recuerdas; jugué demasiado a esconderme, cuando me buscabas en la poca luz que se dejaba ver por el hueco de nuestras dudas. Tuve que convertirme en cualquier sombra que se reflejó casualmente en el suelo y bajarme de la cama para esperar a que se me pasara el vértigo que me desgarraba el estómago cuando me susurrabas al oído.
Quizá, pensemos entonces, si hubiera mantenido la calma, si hubiera sabido la altura que era capaz de soportar, podría haber seguido quitando nuestras ganas -y tu fina ropa-.
Si tú supieras, tal vez entonces, sabríamos querer en la medida justa de lo que nos merecíamos tener.
Me robaste el miedo a las alturas, como quien roba un beso sin querer queriendo.
Solo puedo añorar antes de caerme desde tan alto tus manos recorriendo mis dedos, mi cuello, mi espalda.. como si temieras que de cristal se tratasen. Lo que tú no sabes es que lo único que podía romperse entre esas cuatro paredes era tu boca a mordiscos. Tampoco sabes que por mucha ropa que pudieras tener puesta -sin tener nada-, yo te veía totalmente desnuda.
Maldito sea tu encanto animal; te deslizabas como una serpiente sobre mí, haciéndome estremecer, me devorabas como un felino que lleva una semana sin comer, me recorrías despacio como una tortuga que se tortura en la espera, pegabas tus labios a los míos como un pez que necesita respirar en su pecera.
Nos quemamos antes de jugar, pero siempre nos gustó el fuego.
Siempre nos entreteníamos alrededor de una hoguera, a hacer candela, a que me hicieras derretirme como una castigada vela; Siempre preguntabas si quería, y me gustaba que me pidieras permiso para no pedírmelo. Todavía pican las costras de las quemaduras. Cenizas en las sábanas perduran.
Y me paralizaba al observar como nos agarrábamos la una a la otra, como si arrastrásemos una condena encantadas de estar pérdidas. Nos matamos esa noche a confusiones y nos atragantamos con las verdades.
Te relamías los dedos como si fueras a arrancártelos con el mismo anhelo que se arrancan los pétalos de una margarita.
Fuiste capaz de crear todas las catástrofes naturales existentes dentro de mí, y aún así, tú sigues siendo mi caos favorito. Ese rompecabezas que siempre se empeña en esconder una de sus piezas debajo del sofá para que no lo termine.
Creo que sabes que desde entonces escribo a oscuras para iluminar mis ideas, por eso me encierro en la noche; con la única banda sonora del eco del crujido de mis huesos , quejándose porque no estás.
Cada vez tenía más claro que esa sensación era el vértigo de tus ojos, no de las alturas.
Y ahora, te escondes en mi sombra, porque te da miedo lo que oculta la tuya.
Supongo que aún ni he empezado a divagar lo suficiente para
demostrar que escribo esto desde la más extraña y pesada
soñolencia. Quizás si me dejara caer sobre el papel conseguiría que
se vertieran sueños con más sentido que la más sincera realidad.
Quizás solo porque sé que cuando estoy en esta batalla de sueño y
nada a la vez, soy capaz de dejar relucir lo que pienso, solo así,
mientras luchan mi cuerpo y mi cabeza a ver quién gana antes a
abandonarme. El ring podría ser un bosque, un cielo bañado de
constelaciones, el suelo, las paredes, tu cama, la mía; podría
elegir el lugar que quisiera de entre todos los presentes y nunca
sabría decidirme por uno. Y en cierto modo, así se basa parte de mi existencia; en oscilación, en ni siquiera saber donde estoy, en preguntarme cuál es mi sitio, en callar, en reír, en no saber que decir.
Me declaro creadora de una bomba realizada a base de una
combinación crítica; inseguridad, miedo, cobardía, y un trocito de
una parte de mi tan oculta que a veces me olvido de que existe.
Este explosivo no tiene ese tic tac que lo hace predecible, ni cables
para desactivarlo, simplemente estalla; te impregna por dentro, te
hace tiritar de terror cuando notas como se expande calándote cada
uno de los huesos.
Aunque, a veces, puedo saber cuando va a explotar esa bomba, la siento, sé que está apunto de reventar y lo único que me
reconforta es escuchar mi canción preferida, al
máximo volumen, una y otra vez, sin parar; hasta que pierda sentido la propia letra, para no escuchar como
explosiono por dentro, para creerme que podré adelantarme a los
acontecimientos.
Llamadlo evasión si queréis, pero hoy es uno de esos días en
los que tengo más miedo a aborrecer mi canción favorita que
estallar por los aires.
No entiendo esa necesidad que tenéis de querer vivirlo todo tan rápido. Yo quiero saborear cada segundo, cada silencio, cada pausa. Qué se me enreden las palabras en el paladar hasta saber si cada letra que roce un solo instante mi lengua es salada o dulce. Dar pisadas tan lentas que sienta que el asfalto se me pega a la suela de los zapatos. Acabar rodando desde la duna más alta de una playa y notar como cada grano se me incrusta por dentro de la ropa, causándome un cosquilleo tan inmenso que se me erice la piel. Sacarme los sueños a base de sacudidas de cabeza que provoquen cataclismos en mi cama, que estallen en mil pedazos las ventanas y cerrar los ojos tan fuerte como para que me explote el alma, que todo quede en silencio, y que se vayan pintando las paredes de vibraciones al retumbar mi habitación.
Recorrerme las calles tantas veces que pueda aprenderme de memoria los recuerdos que se dejaron abandonados en los bancos de un parque cualquiera, donde, si te detuvieras un momento y buscaras con detenimiento, podrías ver envoltorios de corazones rotos, nuevos, arreglados o abandonados y más aún, si cerraras los ojos podrías sentir, incluso oler, un rastro de ilusiones tan vivas que podrían condenarte al infierno más frío.
Y nadie lo recuerda jamás.
No es el tiempo lo que se os da, sino el instante.
Ideas provenientes del caos, pensamientos explosivos, una
autodestrucción inmediata cuando pienso en mis acciones,
irrevocables pasos que doy a tientas y pensar que es o no lo
correcto, es lo que me lleva por el barranco de la incertidumbre.
Inevitable, como soñar despierta.
Y caigo, reventándome las pesadillas.
Dos caminos se divisan detrás de las cortinas de mi ventana,
empañada por una triste respiración, la cual viene de un cuerpo
vacío, tan vacío que casi podría servir de cueva para que el alma
más libre de la ciudad pudiera recorrer sus paredes; tan vacío, que
ni si quiera se escucha un triste grito que me pueda conmover para
partirme el corazón en dos.
Y me vuelvo a caer.
Hasta los grillos de los parques se quedan en silencio porque
tampoco tienen nada que decirme, saben que ni aunque cantaran todos a
coro, dejándome casi sorda, podría dejar de pensar y evadirme de la
realidad.
Solo queda esperar a que se derrumbe el camino bajo mis pies, y
caer y caer y volver a caer hasta no saber en que parte aterrizar.
Duele dentro, insisto, repito pero no desisto.
A veces tengo que mentir tanto para protegerme, que ya no sé de que material está hecho mi escudo. Y así será, hasta que el escudo se vaya desvaneciendo, dejando por el camino pedazos de incertidumbre disfrazados de una pizca de verdad. Caminando por la calle podría hacer que en cada casa estallaran todos los vasos de cristal, y me contentaría con ver los trozos caer al suelo como si de un día de nieve en pleno diciembre se tratara.
Mientras tanto, me pierdo otra vez entre los ejércitos de personas que vienen y van, más cansada que nunca, esperando el gran impacto, más doloroso que cuando graniza porque sí y el hielo te golpea en la mano, desgarrándote los nudillos.
Y así me quedaré, sin ninguna defensa, con mi escudo hecho añicos, descubierta a la verdad.
Hoy es uno de esos días en los que escribiría hasta dejar de sentir el pulso en la mano, diciendo todo y nada a la vez, en una espiral de términos que al fin y al cabo, nadie entendería jamás; ni a mí, ni a mis palabras